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lunes, 12 de diciembre de 2016

EL ARGUMENTO DE LAS SOLEDADES





La mayor dificultad a la hora de valorar adecuadamente las soledades es que son una obra inacabada. Como primera aproximación podemos decir que su trasfondo es el clásico "menosprecio de la corte" frente a la sencillez de la vida campestre. (Para conocer algunos datos sobre las circunstancias en que Góngora concibió este proyecto véanse los comentarios al verso 34 de la dedicatoria.) Su protagonista es un personaje un tanto misterioso, si bien su misterio se debe esencialmente a que Góngora proyectaba ir revelándonos poco a poco los detalles de su historia y, si bien conocemos los más sustanciales, lo cierto es que nos hemos quedado sin conocer los pequeños detalles que más curiosidad suscitan. Por ejemplo, ni siquiera sabemos su nombre. En el poema se le llama frecuentemente "el peregrino", y con ese nombre se le conoce, a falta de otro mejor. (El propio Góngora lo llama así en la dedicatoria del poema: Pasos de un peregrino son, errante ...). Es un apuesto joven cortesano que, desdeñado por la mujer a la que ama, ha decidido desterrarse y vivir errante. Un naufragio lo arroja a las costas de una región campestre y ahí da comienzo la Soledad Primera. El peregrino es acogido por unos cabreros, y al día siguiente por unos serranos que lo invitan a acompañarlos a una boda que va a tener lugar en un pueblo vecino. La boda se celebra el tercer día y con esta tercera jornada termina también la primera parte del poema. A lo largo de estos dos días y medio el peregrino podrá admirar y disfrutar de las maravillas de la vida campesina: conocerá la hospitalidad de las gentes del lugar, la buena comida, hermosos paisajes, hermosas mujeres, oirá las historias de algunos personajes, y no faltarán ocasiones para comparar este mundo ideal con el negro mundo cortesano.
Soledad tiene dos sentidos principales en castellano: se llama así a un lugar solitario y, por supuerto, es también la falta de compañía y el sentimiento de abandono que ésta provoca. Es muy probable que Góngora pensara simultáneamente en ambas acepciones cuando eligió el título de Soledades para su proyecto. La intención era describir cuatro Soledades, cuatro escenarios alejados de la corte y la civilización: los campos, las riberas, las selvas y el yermo; al tiempo que relataba las soledades del peregrino, alejado de su hogar y de su amada. Éste es un buen momento para detallar el contenido argumental:
Versos:
SOLEDAD PRIMERA
Introducción, en una compleja y sofisticada frase, en la que se presenta al peregrino luchando por su vida en el mar, tras un naufragio.
El peregrino llega a la playa, seca su ropa, trepa unos acantilados y se dirige en la noche hacia una hoguera que ve a lo lejos. Allí encuentra a unos cabreros que le ofrecen su hospitalidad.
Exaltación del albergue de los pastores y su vida sencilla frente a la tortuosa vida del cortesano.
Descripción de la velada que el peregrino pasa con los cabreros, la cena y su plácido sueño.
Amanece y un cabrero acompaña al peregrino a ver contemplar el paisaje. Empieza a contarle su historia (es un soldado retirado), cuando lo abandona súbitamente para unirse a la caza de un lobo.
El peregrino camina un trecho a solas hasta que descubre a unas serranas entretenidas junto a un arroyo. Se esconde en el hueco de una encina para observarlas a la espera de que aparezca algún hombre que le permita acercarse honestamente.
Las mujeres forman parte de una comitiva que se dirige a una boda. Han tomado un atajo y están esperando a los hombres, que siguen el camino porque van cargados con regalos para los novios (una vaca, una ternera, gallinas, cabritos, conejos, pavos, perdices, miel y un gamo).
Los montañeses se disponen a descansar junto a sus mujeres y el peregrino sale a su encuentro. Un anciano deduce por su aspecto que el peregrino ha sobrevivido a un naufragio y, conmovido, le cuenta su historia.
El anciano relata la historia de la navegación desde sus inicios míticos y, tras la invención de la brújula, de los grandes descubrimientos, que atribuye exclusivamente a la codicia humana. Colón, Vasco Núñez de Balboa, Vasco de Gama, Magallanes, Elcano, para terminar contando sus propias experiencias en las Indias Orientales, donde en un naufragio perdió a su hijo y su fortuna.
El anciano invita al peregrino a acompañarlos a la boda. Los hombres cargados se adelantan y el anciano y el peregrino quedan con las mujeres, que van más despacio, paseando.
Hombres y mujeres vuelven a reunirse junto a una fuente, donde se detienen para refrescarse. El anciano no quiere ni acercarse al agua (sólo bebe vino).
Los hombres retoman la marcha mientras las mujeres (con el anciano y el peregrino) se quedan sentadas un rato sobre la hierba. Allí se encuentran con otro grupo de mujeres que venían de otro pueblo y se quedan charlando animadamente.
Las mujeres retoman la marcha y llegan al pueblo al anochecer, donde se están disparando fuegos de artificio. El peregrino los alaba y el anciano refunfuña ante el riesgo de que los cohetes incencien los campos. Luego se dirigen a una alameda donde van a pasar la noche.
Allí se celebra una fiesta con cante y baile al son del salterio y a la luz de una hoguera.
Durante la noche unos leñadores talan árboles y cortan ramas con los que adornan el pueblo para la boda que ha de celebrarse al día siguiente.
Amanece y el anciano acompaña al peregrino a ver las calles adornadas con troncos, follaje y flores. Luego le presenta a los novios. Al ver a la novia el peregrino se acuerda de su amada y casi le saltan las lágrimas, pero en eso llegan dos coros (uno de hombres y otro de mujeres) que vienen a recoger a los novios.
Los novios son llevados al templo, donde tiene lugar la ceremonia nupcial.
La ceremonia nupcial es pagana: los dos coros invocan a Himeneo, le presentan a los novios y le piden que los una, con deseos de felicidad, de prosperidad y de abundante descendencia.
Los novios vuelven a su casa y luego el padre de la novia ofrece un banquete a todos los presentes.
Tras la comida doce labradoras ofrecen un baile mientras otra canta deseando prosperidad y larga vida a los recién casados.
Salen todos al ejido, donde se van a celebrar competiciones deportivas.
Competición de lucha entre tres parejas de campesinos.
Competición de salto: un montañés desafía a los presentes y realiza un salto portentoso, otro más grueso intenta superarlo pero resulta un desastre, un tercero casi alcanza al primero y un cuarto ensaya una técnica distinta.
Carrera: veinte corredores compiten en una carrera, de los cuales tres llegan a la meta prácticamente a la par. Ante la imposibilidad de elegir un vencedor, el padre de la novia premia a los tres con sendos cuchillos.
Anochece, los aldeanos acompañan a los recién casados a su casa, se despiden y allí Venus les ha preparado "a batallas de amor, campo de pluma".
EL PEREGRINO
Sobre este desarrollo narrativo, Góngora va ofreciendo poco a poco información sobre el peregrino. En su propósito de presentarlo graduadamente, la primera referencia a su persona es la más anónima posible: una perífrasis:
... cuando el que ministrar podia la copa
a Júpiter mejor que el garzón de Ida,
náufrago y desdeñado, sobre ausente,
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar ...
7

El peregrino es un joven que aventajaba en hermosura a Ganimedes, el muchacho a quien Júpiter tomó como copero y amante por su excepcional belleza. Se queja al mar de sus desdichas: de haber sido desdeñado por su amada y haberse tenido que resignar a vivir lejos de ella. Poco después aparece el apelativo de "peregrino":
... al inconsiderado peregrino
que a una Libia de ondas su camino
fio, y su vida a un leño.

El peregrino, confió insenstatamente su camino a un desierto de olas y su vida a un barco. Estos versos, que describen la noche que pasa el peregrino con los cabreros, podrían aludir a su pasado: 
De trompa militar no, o destemplado
son de cajas fue el sueño interrumpido ...

Éstos otros confirman lo mucho que ha vivido nuestro protagonista: 
Consolallo pudiera el peregrino
con las de su edad corta historias largas...

El anciano que le invita a la boda reconoce en su vestido más muestras de su noble procedencia que de los efectos del naufragio: 
que de tu calidad señas mayores
me dan, que del océano, tus paños, 

Aquí vemos el tormento que le ocasiona el recuerdo de su amada: 
... el joven, al instante arrebatado 
a la que, naufragante y desterrado,
lo condenó a su olvido.
Este, pues, Sol, que a olvido lo condena,
cenizas hizo las que su memoria
negras plumas vistió, que infelizmente
sordo engendran gusano, cuyo diente
minador antes lento de su gloria,
inmortal arador fue de su pena.
Y en la sombra no más de la azucena,
que del clavel procura acompañada
imitar en la bella labradora
el templado color de la que adora,
víbora pisa tal el pensamiento,
que el alma, por los ojos desatada,
señas diera de su arrebatamiento, ...

Al ver a la novia, el peregrino no puede evitar recordar a su amada. Su memoria voló hacia ella alada con plumas negras, de luto, y las plumas se hicieron cenizas como las de Ícaro. De las cenizas nace un gusano que primero lo corroe en su interior (mina su gloria) y luego me marca la superficie (su dolor se hace visible). Y al contemplar a la novia, su pensamiento es mordido por una vívora tan venenosa que le brotarían las lágrimas ... si no hubieran llegado en ese momento unos jóvenes para acompañar a los novios al templo.
Esto es prácticamente todo lo que se dice del peregrino en la Soledad Primera. Hay también pasajes donde se describe lo grato que le resultan todos los rasgos de la vida rural que va conociendo:
Agradecido, pues, el peregrino, ...
Con gusto el joven y atención lo oía...
Bajaba entre sí el joven admirando ...
Los fuegos, pues, el joven solemniza ...
... con su huesped, que admira cortesano ...

La única ocasión en la que oímos hablar al peregrino es al principio, cuando divisa la hoguera de los cabreros en la noche y se dirige hacia ella: 
"Rayos - les dice - ya que no de Leda
trémulos hijos, sed de mi fortuna
término luminoso."

(No es muy revelador.) En la Soledad Segunda, en cambio, el peregrino habla durante cincuenta y seis versos consecutivos, un lamento de amor en el que nos da algún detalle más, como que lleva cinco años errante recorriendo el mundo de un extremo a otro:
 
Esta, pues, culpa mía
el timón alternar menos seguro
y el báculo más duro
un lustro ha hecho a mi dudosa mano,
solicitando en vano
las alas sepultar de mi osadía
donde el Sol nace o donde muere el día.
Muera, enemiga amada,
muera mi culpa, y tu desdén le guarde,
arrepentido tarde,
suspiro que mi muerte haga leda,
cuando no le suceda,
o por breve, o por tibia, o por cansada,
lágrima antes enjuta que llorada.
144

(Que muera mi culpa, enemiga amada, y que tu desdén, arrepentido tarde, le guarde [un] suspiro que haga mi muerte suave, cuando no le suceda [le siga] una lágrima [de la que podríamos decir que ha sido] antes secada que llorada, o por breve, o por tibia, o por cansada.)
Góngora dejó inacabada esta segunda soledad, pero por la época que estaba trabajando en ella compuso también el romance Cuatro o seis desnudos hombros, en el que parece contar de forma rápida el final que tenía pensado dar a la historia del Peregrino.
En la Soledad Segunda el Peregrino pasa la noche y el día siguiente con unos pescadores, y al amanecer del quinto día, mientras lo llevan en su barca, ven una partida de caza. La escena de la cacería no está completa, pero cabe suponer que el peregrino iba a unirse a los cazadores y que con ellos visitaría el bosque (y ése sería el contenido de la Soledad Tercera), y en la Soledad Cuarta el peregrino se establecería como ermitaño hasta que, pasados unos meses, recibiría la noticia del perdón de su dama.
EL MENOSPRECIO DE LA CORTE
Pero la historia del peregrino, si bien es el hilo conductor de las Soledades, no es ni mucho menos el grueso de su contenido. El segundo plano lo ocupa el menosprecio de la corte y el encarecimiento de la vida rural. Góngora aprovecha la menor ocasión para establecer comparaciones, pero hay tres secciones del poema en las que esta idea se desarrolla más concentradamente:
  • El canto al albergue (vv. 94-135), sin duda la parte más mordaz. En ella se enumeran los vicios de la corte (ambición, soberbia, envidia, adulación, ostentación, etc.) contraponiéndolos con la sencillez de la vida campestre.
  • El discurso del anciano sobre la navegación (vv. 366-502), que es el pasaje más soberbio y espectacular. El anciano relata (y maldice) la historia de los descubrimientos con minucioso detalle y sin emplear un solo nombre propio. Denuncia a la codicia como el único móvil y deplora los innumerables hombres que han muerto víctimas de su ambición.
  • La ceremonia nupcial, (vv. 767-844). Es el pasaje más sorprendente, porque se trata de una ceremonia pagana. Góngora no salva a la religión de su crítica sistemática a la degeneración de la corte. No la ataca directamente (hubiera tenido serios problemas en caso de haberlo hecho), pero la condena expulsándola por completo de sus soledades bucólicas. Conviene pensar qué era una boda en sus tiempos: una ceremonia extraña en la que un sacerdote recitaba unas desfasadas fórmulas antiguas carentes de sentido para todo el que no supiera latín ... y también para quien supiera latín. En su lugar, Góngora nos propone una ceremonia sincera, donde cada palabra tiene una razón de ser. Por otra parte, esta ceremonia sitúa definitivamente el lugar de la acción: es una utopía. Con independencia de que Góngora se inspirara en localizaciones concretas, lo cierto es que en el poema no está describiendo una alternativa real a la corrupción cortesana, sino una alternativa ideal. (Incidentalmente, esto explica que todas las labradoras sean de tez blanca y cristalina.)
Como contrapunto, cada detalle de la vida rural es presentado como algo exquisito: aldeanos, paisajes, comida, celebraciones, etc. Góngora pone a su servicio todo su ingenio y la increíble capacidad expresiva de su poesía. Las soledades son como un inmenso y colorido cuadro lleno de pequeñas escenas. Si el peregrino es el primer plano y el menosprecio de la corte el segundo, estas escenas son el fondo del poema.
LAS SOLEDADES COMO POEMA DESCRIPTIVO
Las Soledades son el poema en el que Góngora se propuso desarrollar su estilo inimitable hasta sus últimas consecuencias. El Polifemo fue una primera fase de este proyecto, si bien la rigidez del argumento (que debía ceñirse hasta cierto punto a la historia clásica), así  como la de las octavas reales (que restringían las posibilidades sintácticas), no le ofrecieron al poeta toda la libertad de la que dispuso con el argumento laxo de las soledades y su versificación en forma de silva. Los recursos que en el Polifemo son usados con moderación calculada, en las soledades aparecen empleados sin restricción alguna. Ésta es una de las causas de la tan criticada oscuridad de las soledades. Hay que unir muchas otras, y no vamos a entrar aquí en ellas. Sólo diremos que dicha oscuridad no es nunca intencional, es decir, Góngora no escribe de forma rebuscada para dificultar gratuitamente la comprensión de sus versos, sino que toda dificultad que pueda surgir a la hora de entender las Soledades es esencialmente de la misma naturaleza que la que surge al tratar de leer, por ejemplo, un libro de matemáticas avanzadas. No es sensato acusar de oscurantismo a los matemáticos porque los libros de matemáticas cuesten de leer. Lo que sucede es que profundizar en cualquier tema (matemáticas, filosofía, etc.) requiere necesariamente una preparación previa y un esfuerzo intelectual del lector. Es posible hablar de cualquier tema de modo que cualquiera pueda entenderlo, pero no si se pretende hacer en profundidad. Similarmente, la poesía de Góngora pretende aprovechar al máximo los recursos lingüísticos a todos los niveles para lograr las descripciones más precisas, más impactantes, más coloridas, y eso requiere inevitablemente un inmenso esfuerzo por parte del poeta y un gran esfuerzo por parte del lector.
En gran parte, la dificultad de leer a Góngora proviene de su técnica descriptiva, que podríamos calificar de impresionista. En cierto modo, quien dice que no entiende a Góngora es como quien se pone ante un cuadro impresionista y dice "sólo veo manchas y figuras distorsionadas". La técnica del impresionismo consiste en dejar que el espectador recree la imagen en su mente, y, cuando el pintor es bueno, unos trazos toscos cuidadosamente seleccionados  consiguen formar en la mente, ya que no en los ojos, del espectador, imágenes mucho más luminosas, realistas y sugerentes que las que produce el pincel más fino y detallista. Volviendo a la comparación con un libro de matemáticas, la idea básica es que cuando un lector resuelve por sí mismo, con su propio esfuerzo, un problema planteado en el texto, obtiene un conocimiento mucho más profundo y satisfactorio del resultado que si se hubiera limitado a leer la solución. Ésa es la técnica descriptiva de Góngora: dirigir al lector planteándole pequeños problemas para que los vaya resolviendo, presentándole esbozos para que forme él mismo con ellos la figura, de modo que unos pocos versos producen, al meditar sobre ellos y desarrollarlos, efectos espectaculares. Sería un grave error malinterpretar esto concluyendo que Góngora dice vaguedades para que cada cual las interprete como quiera. Todo lo contrario: las descripciones de Góngora tienen una exactitud matemática, fotográfica. Cuando Góngora dice algo, dice siempre algo muy concreto y son muy raros los pasajes en los que es posible denunciar alguna ambigüedad. Pongamos un ejemplo de la Soledad Segunda:
A pocos pasos lo admiró no menos
montecillo, las sienes laureado,
traviesos despidiendo moradores
de sus confusos senos,
conejuelos que, el viento consultado,
salieron retozando a pisar flores,
el más tímido, al fin, más ignorante
del plomo fulminante.
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Fijémonos en el sintagma: el viento consultado. Quizá en una lectura rápida cause perplejidad, pero es una invitación a que el lector se pregunte ¿en qué sentido puede decirse que un conejo consulta el viento? La respuesta no es difícil de obtener: un conejo consulta el viento cuando olfatea al aire. Lo primero que hacen los conejuelos al salir de la madriguera es olfatear el aire por si detectan algún peligro, y, una vez concluido que no lo hay, salen ya despreocupados. De este modo, con tres palabras, Góngora nos ha llevado a imaginarnos a un conejuelo asomando tímidamente por el agujero de su madriguera, detenerse, mover el hocico simpáticamente durante unos instantes con gesto cauteloso, para luego empezar a brincar juguetonamente. Es sólo una pincelada, pero basta para generar todas estas imágenes. Y la interpretación es unívoca. No cabe pensar que el viento consultado pueda tener otras interpretaciones diferentes. Tal y como decíamos, no es lo mismo esbozar una imagen para que el lector la desarrolle, que decir algo vago susceptible de ser interpretado de mil formas distintas.
Se han escrito páginas y más páginas sobre el estilo de Góngora y su técnica, y no pretendemos aquí competir con ellas. Únicamente queremos destacar que la grandeza de las Soledades se debe tanto o más a su fondo como a los primeros planos. A lo largo del poema Góngora describe objetos, sucesos, personas, sensaciones, emociones y casi todo lo imaginable con una eficacia que no puede concebirse hasta que no se lee. Confiamos en que nuestras aclaraciones al texto puedan servir para que el lector pueda percatarse por sí mismo de esta riqueza.


"ALGUNAS DUDAS PARA LA COMPRENSIÓN DE LAS SOLEDADES DE GÓNGORA" POR SAIKO YOSHIDA (SEISEN UNVERSITY, TOKYO)






La nueva edición de las Soledades de Góngora preparada por Robert Jammes1 , junto con sus notas detalladas, nos aclara mucho los problemas que no estaban precisados antes, y por otra parte nos invita a pensar de nuevo sobre varios aspectos que creíamos ya solucionados, o simplemente abandonados. Las dudas que propongo aquí son una parte del fruto de mi lectura2 de dicha edición. Me limitaré a referir tres aspectos: la localización, el tiempo, y el sentido de la palabra peinado. 1) Localización Dejando aparte lo que escribe Salcedo, quien supone que el naufragio del protagonista ocurrió en la costa de Italia, «Finge don Luis, a lo que presumo, este naufragio en las costas de Italia. Y por ventura a esta causa se acordó del Noto, por ser este viento peligrosísimo en el mar Adriático»3 , la opinión parece no convincente para la mayoría de los comentaristas e investigadores. Artigas destacó, en la Soledad primera, el * Agradezco a Juan Benavides que tuvo la amabilidad de corregir este trabajo. 1 Luis de Góngora, Soledades, edición de Robert Jammes, Castalia, 1994. - He preparado mi traducción y comentario de las Soledades (en japonés) a partir de la edición de Jammes. La publicación está prevista para abril de 1997, por la editorial Chikuma-shobo en Tokyo. 3 «Soledades» de D. Luis de Góngora comentadas por D. García de Salcedo Coronel, Madrid, 1636, fol. 19. AISO. Actas IV (1996). Saiko YOSHIDA. Algunas dudas para la comprensión de las «... 1672 SA1K0 YOSHIDA recuerdo del viaje a Cuenca realizado por el autor en 1603, y en la segunda, el reflejo del paisaje de Galicia4 . Pero J. P. Wickersham Crawford, en 19395 , después de recopilar estas opiniones, propuso una idea nueva de situar ambas soledades en la costa Atlántica. El investigador dice que así lo implica el discurso del serrano viejo sobre la navegación (vv. 373-513), en la primera, y la referencia al mismo tema en el discurso del viejo pescador (vv. 388-406), en la segunda, también. Según él, el río que contempla el protagonista desde el escollo donde le llevó el cabrero es el río Guadiana y, por lo tanto, el contenido de la segunda se desarrolla en la desembocadura del mismo, precisando incluso el nombre de la isla, que tiene la forma de la concha de tortuga, como la Isla de Canela6 . Robert Jammes ha recopilado de nuevo el problema y lo ha estudiado detalladamente en la introducción de su edición de las Soledades, subrayando su importancia que afecta la interpretación de pasajes7 . Jammes opina que «no se puede aplicar el mismo criterio a la segunda que a la primera». Según él, «el marco geográfico de la primera Soledad» es «una combinación imaginaria», pero dentro de este marco imaginario están colocados los elementos que tienen sus fuentes en la vida real del autor. El viaje nocturno del protagonista al principio de la primera y la llegada a la cabana de cabreros recuerda su regreso de Salamanca en 1593 (el paisaje se localiza por lo tanto entre Salamanca y Córdoba). El encuentro con las serranas (y luego con los serranos) refleja su viaje a Cuenca de 1603. La Soledad segunda, en cambio, está situada en un lugar concreto. Fundándose en el testimonio de Pedro Espinosa que identifica la figura del príncipe (vv. 809-822) con el Conde de Niebla8 , Jammes determina este lugar entre Huelva y Niebla, en la cuenca del río Tinto (o bien del Odiel), y describe como el paisaje real de la marisma de los dos ríos coincide con el paisaje descrito en el texto de Góngora. Pero admite, por supuesto, que «quedan visibles los recuerdos de Lepe y Ayamonte», y aunque rechaza situar la obra allí mismo, Jammes comparte con Crawford la idea de situarla en la costa Atlántica. Ahora bien, hay dos pasajes que causan mi perplejidad. El uno es (vv, 414-416) de la Soledad segunda. El viejo pescador explica al protagonista cómo observa la luna para saber el género de pesca y su instrumento, y dice: vieras intempestivos algún dia (entre un vulgo nadante, digno apenas de escama, cuanto mas de nombre) atunes. (II, vv.414-416) El sentido de «atunes intempestivos» lo explica Salcedo como sigue: «Dijo intempestivos atunes, o por haber caído acaso en las redes, o porque cayeron fuera del tiem- 4 Don Luis de Góngora y Argote. Biografía y estudio crítico, Madrid, 1925, p. 278. 5 «The setting of Gongora's Las Soledades», Hispanic Review, VII, 1939, pp. 347-349. «Ibid., p. 347, nota 3. 7 Edición citada, pp. 65-73. 8 Es curioso que Crawford prefirió seguir la opinión de Pellicer y Salcedo -el Duque de Béjar- aun conociendo el testimonio de Espinosa. AISO. Actas IV (1996). Saiko YOSHIDA. Algunas dudas para la comprensión de las «... ALGUNAS DUDAS PARA LA COMPRESIÓN DE LAS SOLEDADES DE GÓNGORA 1673 po en que se suelen pescar»9 . De la palabra intempestivo, el Diccionario de Autoridades dice: «Lo que es fuera de tiempo, proposito y oportunidad». Alemany y Selfa, en su Vocabulario: «Que es fuera de tiempo y razón»10 . La paráfrasis de Jammes «algunos atunes inesperadamente presos»11 , cubriría los dos sentidos: caer presos es el hecho inesperado para los atunes porque no suelen capturarse en tales redes sencillas, y pescar atunes es un hecho inesperado para los pescadores porque cayeron fuera del tiempo en que se suelen pescar. Si el sentido primero fuera la única interpretación, no habría problema. Pero si hay que aceptar también el segundo, tendríamos que saber la sazón de la pesca de atunes en la costa Atlántica, en caso de que lo localicemos allí. Los atunes migran en bancos para realizar la puesta, cuya época es en verano. La población de atunes en las cercanías de las Azores penetra en el Mediterráneo y realiza la puesta en la parte oriental del Mediterráneo. De regreso, ya no en bancos sino en forma dispersa, llegan hasta los alrededores de Noruega. La captura se realiza mediante artes fijos, como almadrabas, o móviles, como curricanes, cercos y derivas. La pesca de almadrabas se practica en el Mediterráneo, en el Atlántico cerca de Gibraltar. La de curricanes, en el Atlántico, y la de cercos y derivas, en el Mediterráneo. Así nos informa, por ejemplo, el Diccionario Enciclopédico Salvat. En la obra de Góngora, el modo de pescar es con la almadraba, y nos hace pensar que la zona sería -si no fuera el Mediterráneo- la costa Atlántica cerca de Gibraltar, y entonces quedaría muy bien la hipótesis de Jammes. Pero Salcedo escribe que la época de la pesca en Gibraltar es mayo: «...cogense copiosamente por el mes de Mayo en el Estrecho de Gibraltar, que es quando entran del Occeano Atlántico en el Mediterráneo, y también se cogen en otras partes»12 . Si suponemos la estación de las Soledades entre el 21 de abril y el 20 de mayo, interpretando así los 6 primeros versos de la Soledad primera, entonces, justamente estaría en la época de la zona de Gibraltar. Si situamos la obra en Huelva, el banco de atunes ¿llegaría hasta Huelva antes de llegar a Gibraltar a pesar de haber trescientos kilómetros de distancia, o pasaría por allí a la vuelta, siendo ya atunes erráticos? En el primer caso, no se explica el porqué de «atunes intempestivos». En el caso segundo, sí son «intempestivos», pero el hecho es inverosímil, al igual que cuando lo situamos en Galicia. ¿Cómo podrían aparecer atunes en primavera en las zonas donde pasan atunes erráticos (después de la puesta) en otoño? El otro pasaje es: mas !ay!, que del ruido de la sonante esfera 9 Op. cit, fol. 250. 10 Bernardo Alemany y Selfa, Vocabulario de las obras de don Luis de Góngora y Argote, Madrid, 1930. El adjetivo «intempestivo» aparece en el otro pasaje de la Soledad segunda (v.768) y en otras obras. Góngora lo emplea indistintamente en dos acepciones: «fuera de razón» y «fuera de tiempo». Véase Concordancia lexicográfica de la Obra Poética de don Luis de Góngora recopiladas de la edición de R. Foulché-Delbosc, por Javier Núñez Cáceres. Nota, introducción y revisión de Herbert E. Craig, Madison, 1994. 11 Edición citada, p. 479. 12 Op. cit., fol. 250-250v. AISO. Actas IV (1996). Saiko YOSHIDA. Algunas dudas para la comprensión de las «... 1674 SAIKO YOSHIDA a la una luciente y otra fiera el piscatorio cántico impedido, con las prendas bajaran de Cefeo a las vedadas ondas, si Tetis no (desde sus grutas hondas) enfrenara el deseo. (II, vv.618-625) Esto es, después del canto amebeo de Licidas y Micon. Dice que dos Osas celestes, la Mayor y la Menor, hubieran bajado hasta el mar si no lo impidiera Tetis para escuchar el canto. Si suponemos que la isla está en Huelva, al norte hay tierra firme, y si bajaran las dos Osas celestes, tropezarían contra la tierra, es decir, la tierra les impediría beber ondas antes que Tetis. ¿Se dirá que la tierra en aquella costa es muy baja, y entonces el cielo aparece muy cerca del agua que está más acá, contemplando desde la isla? Lo natural sería que el embarcadero de la isla se sitúe en la playa que está enfrente de la tierra, no en el mar de fuera. Entonces, la gente que estaba escuchando el canto de los pescadores, mientras ellos se acercaban hacia la isla, está mirando hacia el norte, y nos convence de que su mirada captaría el momento en que aparecen esas estrellas del norte. Aunque es así, la impresión visual que nos causa el texto nos sugiere que el cielo (del norte) está en contacto con el agua. Si localizara la isla en otra zona geográfica, ¿se solucionaría el problema? Artigas propuso Galicia, y según informa Robert Jammes en la misma introducción, Hermann Brunn más concretamente la ría de Pontevedra. Parece que Jammes, aunque propone Huelva por su parte, no rechaza del todo la posibilidad de Galicia: «Es cierto que el paisaje gallego, más concretamente el de la ría de Pontevedra (que Góngora tuvo tiempo de admirar en su viaje de 1607 a Monforte), es en España el único cuya variedad (ríos, montañas, islas verdes, mar...) podría concordar con la de las Soledades (pero de las dos partes del poema, y no sólo de la segunda)»13 . En este caso, es decir, si situamos la escena en que aparecen dos pescadores en una isla cerca de Pontevedra, el mar si se aparecería hacia el norte. ¿Habrá la posibilidad de situarla en otra zona de Galicia, por ejemplo, en la zona cerca de La Coruña, con tal que cumpla la condición de tener el mar al norte? No lo creo. La razón está en el pasaje siguiente: Aura en esto marina el discurso y el dia juntamente (trémula, si veloz) les arrebata, alas batiendo líquidas, y en ellas dulcísimas querellas de pescadores dos... (II, vv. 512-517) 11 Edición citada, p. 65, nota 56. AISO. Actas IV (1996). Saiko YOSHIDA. Algunas dudas para la comprensión de las «... ALGUNAS DUDAS PARA LA COMPRESIÓN DE LAS SOLEDADES DE GÓNGORA 1675 En la costa el viento, después de una pausa al atardecer, empieza a soplar de la tierra al mar, al contrario que durante el día. Aquí lo llama el aura marina porque para la gente que está en la isla, viene del mar. Es decir, más allá del mar, por donde vienen los pescadores, tiene que existir la tierra. Si situamos la escena en la parte de La Corufia, el norte queda detrás de la gente y, por lo tanto, ellos no pueden ver las constelaciones del norte que describe el texto. En cambio, si la situamos en Pontevedra, la tierra quedaría al este. La gente que percibe el viento que sopla desde el frente, podrá ver las estrellas hacia su izquierda. Así pues, si suponemos como descripción realista el paisaje de la Soledad segunda, ¿tendríamos que pensar la obra como situada en la zona de Pontevedra, aunque sí con detalles que recuerdan la costa de Huelva? O, ¿deberíamos aplicar a la segunda el mismo criterio que a la primera, es decir, ésta también es una combinación imaginaria de elementos reales? 2) Tiempo El otro problema que me gustaría plantear es la posibilidad de precisar el tiempo de la obra, que a la vez afectaría la interpretación del primer pasaje de la Soledad primera. Era del año la estación florida en que el mentido robador de Europa (media luna las armas de su frente, y el sol todo los rayos de su pelo), luciente honor del cielo, en campos de zafiro pace estrellas, (Lvv.1-6) Dice que era cuando estaba flotando sobre el mar el protagonista. Los seis versos citados dan a entender que el día en que ocurrió el naufragio es uno de los días primaverales en que el sol está en el signo de Tauro. ¿Quiere decir, entonces, un día (cualquiera) entre el 20 de abril y el 21 de mayo? Así lo entendió Salcedo: «nuestro Poeta... comienca la narración de su Poema, describiendo el principio del Verano, en que finge el sucesso que canta, y para esto dize, que era el tiempo en que el Sol estaua en el Signo de Tauro...»14 . Parece que Dámaso Alonso también lo entiende así cuando dice: «Los seis primeros versos de la Primera Soledad... no vienen a decir sino esto: «Era primavera»». Y después de citar la interpretación de Salcedo para los versos 3-5, dice: «No es posible olvidar esto: que el Sol está en la constelación zodiacal del Toro, manera tradicional de designar la primavera»15 . Antonio Carreira precisa la temporada del 22 de abril al 21 de mayo16 . 14 Op. cit., fol. 11. 15 Dámaso Alonso, «Góngora y el toro celeste», en Obras completas, tomo VI, pp. 291-292. 16 Luis de Góngora, Antología poética, edición a cargo de Antonio Carreira, Castalia, 1986, p. 203, nota 14. AISO. Actas IV (1996). Saiko YOSHIDA. Algunas dudas para la comprensión de las «... 1676 SAIKO YOSHIDA Sin embargo, el pasaje de la Soledad segunda, vv. 618-625, que acabo de citar para pensar en la localización, nos ofrece una información más para determinar el tiempo. Se hace alusión a cinco constelaciones: Osa Mayor, Osa Menor, Cefeo, Casiopea y Andromeda. Dentro de ellas, Andromeda no es la que se ve propiamente en Primavera. Se ve entera en otoño e invierno. En abril se ve solamente una estrella, y aun ésta ya no se percibe entrando en el mes de mayo. De manera que los días en que se puede contemplarla, poco después del anochecer, a partir del día 20, el día que entra el sol en el Taurus, son muy limitados. Teniendo en cuenta esta realidad astronómica, el día del naufragio del protagonista, el momento en que comienza el contenido de la obra, tendría que situarse en un espacio de tiempo más corto, no entre el 20 de abril y el 21 de mayo. Para poder contemplar la única estrella de Andromeda, al atardecer del cuarto día, la obra tiene que empezar casi justo el día 20 y todos los sucesos de la obra caen dentro del mes de abril. Con razón, Pellicer, explicando los seis versos primeros de la Soledad primera, escribió: «Comienca D.L. describiendo la sacón en que sucedió lo que escriue, en el mes de Abril...»17 . Y también otros comentaristas repiten que es cosa de abril en interpretaciones de varios pasajes. Tendríamos que valorar también, aquí especialmente, la exactitud astronómica de la colocación de todas las constelaciones. Cuando en el cielo queda esta única estrella de Andromeda, precisamente la Osa Mayor se sitúa más cerca del horizonte. Es decir, parece que casi bebiera el agua prohibida. 3) El sentido de la palabra peinado Esta palabra aparece dos veces en la Soledad segunda. La primera: Volvíase, mas no muy satisfecha, cuando cerca de aquel peinado escollo hervir las olas vio templadamente, bien que haciendo círculos perfectos: (II, vv.499-502) y la segunda: Lúbrica no tanto culebra se desliza tortuosa por el pendiente calvo escollo, cuanto la escuadra descendía presurosa por el peinado cerro a la campaña, (II, vv.823-827) El primer pasaje refiere que Efire, la pescadora, después de cortar la cuerda de 17 Joseph Pellicer de Salas y Tovar, Lecciones solemnes a las obras de don Luis de Góngora y Argote, Píndaro andaluz, Príncipe de los poetas líricos de España, 1630, col. 564. AISO. Actas IV (1996). Saiko YOSHIDA. Algunas dudas para la comprensión de las «... ALGUNAS DUDAS PARA LA COMPRESIÓN DE LAS SOLEDADES DE GÓNGORA 1677 cáñamo para evitar el peligro, volviendo hacia la isla, encuentra un sollo (esturión). Salcedo escribe: «Peinado escollo dixo, por labrado y liso.(...). Es término en la guerra muy ordinario peinar por allanar, o alisar alguna cosa»18 . Sí, es ambigua esta explicación, como dice Jammes. Dámaso Alonso, en su prosificación, simplemente, «liso escollo»19 y Alemany y Selfa también en su Vocabulario. Pellicer no explica. El segundo pasaje refiere cómo, en el quinto día por la mañana, bajaban los cazadores de cetrería por el cerro sobre el cual está el castillo del príncipe que dirije la caza. Para este pasaje, ni Salcedo ni Pellicer dan ninguna explicación, sino que repiten la palabra del texto «peinado cerro»20 . En cambio, Dámaso Alonso, «cultivado cerro»21 , y Alemany y Selfa, «escarpado», en su Vocabulario. Es inconveniente, sin fundamento suficiente, interpretar una misma palabra en dos sentidos: liso y cultivado, en Dámaso Alonso, o liso y escarpado, en Alemany y Selfa. Tal vez para solucionar esta inconveniencia, Jammes propone una única acepción «cultivado» para dos pasajes, diciendo: «peinado hace pensar en los surcos de un escollo bien cultivado, cubierto de vegetación bien alineada, en conformidad con la descripción de la isla»22 . Pero esta interpretación queda contradictoria en el segundo. Explicando «... la cumbre modesta (...) que deja de ser monte por ser culta floresta» (II, vv. 691-694), dice él mismo: «La expresión sugiere una especie de continuidad entre la selva que ocupa el recuesto y el parque que rodea el castillo»23 . Si es así, el cerro por el cual viene bajando la tropa de cazadores tiene que ser selva, y no podrá decir «cultivado». El Diccionario de Autoridades explica la palabra «peinar» como: «cortar o quitar parte de piedra o tierra de alguna roca o montaña, escarpándola». Pues se aplica igualmente al escollo que al cerro. En vez de aplicar «cultivado» a los dos pasajes, ¿por qué no aplicamos «escarpado» a los dos? Se podrá decir también «liso», pero refiriéndose a la parte perpendicular del escollo o del cerro, no horizontal. Viene bien con el paisaje de la isla, y también en la comparación con la culebra en el caso segundo. Incluso ¿la connotación chistosa que advierte Robert Jammes entre «calvo-peinado» no lo reforzaría aún más? El cerro es en realidad «calvo» igual que el escollo. Resulta gracioso si lo llamamos peinado, sin que tenga ni un pelo. Op. cit., fol. 261v. Luis de Góngora, Las Soledades, tercera edición publicada por Dámaso Alonso, 1956, p. 167. Pellicer, en col. 598, Salcedo, en fol. 297, de libros citados. Edición citada, p. 178. 12 Edición citada, p. 490. Ibid.,p. 518. AISO. Actas IV (1996). 

jueves, 14 de marzo de 2013

POEMAS DE ROSALÍA DE CASTRO






Nació en la ciudad de Santiago de Compostela, España, en 1837 y falleció en Padrón, id., en 1885. Escritora española en lenguas castellana y gallega. Perteneciente por línea materna a una familia noble, su adolescencia estuvo dominada por una profunda crisis debida al descubrimiento de su condición de hija ilegítima de un sacerdote, y por una delicada salud, que jamás mejoró. Su primer libro, La flor, se publicó en Madrid en 1857 y recibió elogiosas críticas de Manuel Martínez Murguía, crítico destacado del Renacimiento gallego, con quien Rosalía de Castro contrajo matrimonio al año siguiente. Vivió en medio de constantes penurias económicas, dedicada a su hogar y a sus hijos; la muerte de su madre y la de uno de sus hijos fueron dos duros golpes para ella. A esta amarga experiencia se refiere su primera obra de madurez, el libro de poemas A mi madre (1863), al cual siguieron los Cantares gallegos (1863), canto a su Galicia rural, lleno de añoranza y denuncia ante la explotación de los segadores por parte de Castilla. Con Cantares gallegos, escrito íntegramente en lengua gallega, dio comienzo el renacimiento poético en esa lengua. Regresó después a la novela con Ruinas (1866), historia de tres mujeres ejemplares y desdichadas en el seno de un ambiente moderno que perciben como ajeno. Un año después se publicó su obra narrativa más conseguida, El caballero de las botas azules(1867), novela misteriosa y fantástica que conecta con lo mejor de su labor lírica. En 1880 apareció su segundo libro en gallego, las Follas novas, expresión angustiada e intimista sobre la muerte y la soledad del ser humano. Cierran su producción literaria la novela El primer loco (1881) y el poemario en lengua castellana En las orillas del Sar (1885); este último continúa la línea de meditación metafísica iniciada con Follas novas, si bien acentuando esta vez el sentimiento religioso. La obra de Rosalía, que se mueve entre una preocupación de tipo social por las duras condiciones de los pescadores y los campesinos gallegos y otra de carácter metafísico que la sitúa dentro de la literatura existencial, se ha equiparado a la de Gustavo Adolfo Bécquer en tanto que representante tardía del Romanticismo español, si bien esta relación viene más por la comunidad de fuentes literarias que por una real afinidad de actitud literaria y vital. Su poesía, en particular, denota ansiedad, una inquietud angustiada ante extraños presentimientos que se perciben como propios en el más cercano entorno. Asimismo, su dolorosa sensibilidad proyectó un conjunto de magníficas visiones del paisaje gallego en las que predomina una atmósfera gris de tristeza indefinible. Esa sensibilidad fue la que transportó una concepción de la naturaleza como la de una realidad animada, misteriosa, y cuyos signos más visibles hablan de una vida doliente.

A ORILLAS DEL SAR

I

A través del follaje perenne
que oír deja rumores extraños,
y entre un mar de ondulante verdura,
amorosa mansión de los pájaros,
desde mis ventanas veo
el templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...,
pues no sé decir ya si le quiero,
que en el rudo vaivén que sin tregua
se agitan mis pensamientos,
dudo si el rencor adusto
vive unido al amor en mi pecho.


2

¡Otra vez!, tras la lucha que rinde
y la incertidumbre amarga
del viajero que errante no sabe
dónde dormirá mañana,
en sus lares primitivos
halla un breve descanso mi alma.

Algo tiene este blando reposo
de sombrío y de halagüeño,
cual lo tiene, en la noche callada,
de un ser amado el recuerdo,
que de negras traiciones y dichas
inmensas, nos habla a un tiempo.

Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
y afligido mi espíritu, apenas
de su cárcel estrecha y sombría
osa dejar las tinieblas
para bañarse en las ondas
de luz que el espacio llenan.

Cual si en suelo extranjero me hallase,
tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
y los floridos senderos
donde en cada rincón me aguardaba
la esperanza sonriendo.


3

Oigo el toque sonoro que entonces
a mi lecho a llamarme venía
con sus ecos que el alba anunciaban,
mientras, cual dulce caricia,
un rayo de sol dorado
alumbraba mi estancia tranquila.

Puro el aire, la luz sonrosada,
¡qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso,
visiones con alas de oro
que llevaban la venda celeste
de la fe sobre sus ojos...

Ese sol es el mismo, mas ellas
no acuden a mi conjuro;
y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia,
¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

Blanca y desierta la vía
entre los frondosos setos
y los bosques y arroyos que bordan
sus orillas, con grato misterio
atraerme parece y brindarme
a que siga su línea sin término.

Bajemos, pues, que el camino
antiguo nos saldrá al paso,
aunque triste, escabroso y desierto,
y cual nosotros cambiado,
lleno aún de las blancas fantasmas
que en otro tiempo adoramos.


4

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura,
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o que esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
gallardamente arranca al pie de la vereda
La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
prestando a la mirada descanso en su ramaje
cuando de la ancha vega por vivo sol bañada
que las pupilas ciega,
atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

Como un eco perdido, como un amigo acento
que sueña cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en alas del viento y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y santas alegrías.

Ruge la Presa lejos..., y, de las aves nido,
Fondón cerca descansa;
la cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano;
donde de los vencejos que vuelan en la altura,
la sombra se refleja;
y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
por entre la verdura de la frondosa orilla.


5

¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón, oh Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
que extraje de tu seno,
como el sediento niño el dulce jugo extrae
del pecho blanco y lleno,
de mi existencia oscura en el torrente amargo
pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,
una visión de armiño, una ilusión querida,
un suspiro de amor.

De tus suaves rumores la acorde consonancia,
ya para el alma yerta tornóse bronca y dura
a impulsos del dolor;
secáronse tus flores de virginal fragancia;
perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
el alba su candor.
La nieve de los años, de la tristeza el hielo
constante, al alma niegan toda ilusión amada,
todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
y de la duda el frío,
avivan los dolores que siente el pecho mío,
y ahondando mi herida,
me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
eternas de la vida.


6

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
del Sar cabe la orilla
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y que anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
de tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
tras del Miranda altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
mezcla de gloria y pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.


7

Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría,
tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
la blanca luz del día.

Contenta el negro nido busca el ave agorera;
bien reposa la fiera en el antro escondido,
en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido
y mi alma en su desierto.


II

1

Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.


2

Los unos altísimos,
los otros menores,
con su eterno verdor y frescura,
que inspira a las almas
agrestes canciones,
mientras gime al chocar con las aguas
la brisa marina de aromas salobres,
van en ondas subiendo hacia el cielo
los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
y envuelve las copas
perfumadas, sonoras y altivas
de aquellos gigantes
que el Castro coronan;
brilla en tanto a sus pies el arroyo
que alumbra risueña
la luz de la aurora,
y los cuervos sacuden sus alas,
lanzando graznidos
y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
que ve del camino la línea escabrosa
que aún le resta que andar, anhelara,
deteniéndose al pie de la loma,
de repente quedar convertido
en pájaro o fuente,
en árbol o en roca.


3

Era apacible el día
y templado el ambiente,
y llovía, llovía
callada y mansamente;
y mientras silenciosa
lloraba yo y gemía,
mi niño, tierna rosa,
durmiendo se moría.

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

Tierra sobre el cadáver insepulto
antes que empiece a corromperse..., ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos;
bien pronto en los terrones removidos
verde y pujante crecerá la hierba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
jamás el que descansa en el sepulcro
ha de tornar a amaros ni a ofenderos,

¡Jamás! ¿Es verdad que todo
para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
te espera aún con amoroso afán,
y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
que no morirá jamás,
y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
a desunir ya nunca volverá.

En el cielo, en la tierra, en lo insondable
yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.

Mas... es verdad, ha partido
para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
de un día en este mundo terrenal
en donde nace, vive y al fin muere,
cual todo nace, vive y muere acá.


4

Una luciérnaga entre el musgo brilla
y un astro en las alturas centellea;
abismo arriba, y en el fondo abismo;
¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
En vano el pensamiento
indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!
Siempre, al llegar al término, ignoramos
qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

Arrodillada ante la tosca imagen,
mi espíritu, abismado en lo infinito,
impía acaso, interrogando al cielo
y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
con sus ecos responde a mis gemidos
desde la altura, y sin esfuerzo el llanto
baña ardiente mi rostro enflaquecido.

¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan solo
lo puedes ver y comprender, Dios mío!
¿Es verdad que los ves? Señor, entonces,
piadoso y compasivo
vuelve a mis ojos la celeste venda
de la fe bienhechora que he perdido,
y no consientas, no, que cruce errante,
huérfano y sin arrimo,
acá abajo los yermos de la vida,
más allá las llanadas del vacío.

Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
e impasible el divino
rostro del Redentor, deja que envuelto
en sombras quede el humillado espíritu.
Silencio, siempre; únicamente el órgano
con sus acentos místicos
resuena allá de la desierta nave
bajo el arco sombrío.

Todo acabó quizás, menos mi pena,
puñal de doble filo;
todo, menos la duda que nos lanza
de un abismo de horror en otro abismo.

Desierto el mundo, despoblado el cielo,
enferma el alma y en el polvo hundido
el sacro altar en donde
se exhalaron fervientes mis suspiros,
en mil pedazos roto
mi Dios, cayó al abismo,
y al buscarle anhelante, sólo encuentro
la soledad inmensa del vacío.


De improviso los ángeles
desde sus altos nichos
de mármol, me miraron tristemente
y una voz dulce resonó en mi oído:
"Pobre alma, espera y llora
a los pies del Altísimo;
mas no olvides que al cielo
nunca ha llegado el insolente grito
de un corazón que de la vil materia
y del barro de Adán formó sus ídolos."


5

Adivínase el dulce y perfumado
calor primaveral;
los gérmenes se agitan en la tierra
con inquietud en su amoroso afán,
y cruzan por los aires, silenciosos,
átomos que se besan al pasar.

Hierve la sangre juvenil, se exalta
lleno de aliento el corazón, y audaz
el loco pensamiento sueña y cree
que el hombre es, cual los dioses, inmortal,
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.

¡Pero qué aprisa en este mundo triste
todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!
La que ayer fue capullo, es rosa ya,
y pronto agostará rosas y plantas
el calor estival.


6

Candente está la atmósfera;
explora el zorro la desierta vía;
insalubre se torna
del limpio arroyo el agua cristalina,
y el pino aguarda inmóvil
los besos inconstantes de la brisa

Imponente silencio
agobia la campiña;
sólo el zumbido del insecto se oye
en las extensas y húmedas umbrías,
monótono y constante
como el sordo estertor de la agonía.

Bien pudiera llamarse, en el estío,
la hora del mediodía,
noche en que al hombre, de luchar cansado,
más que nunca le irritan
de la materia la imponente fuerza
y del alma las ansias infinitas.

Volved, ¡oh, noches del invierno frío,
nuestras viejas amantes de otros días!
Tornad con vuestros hielos y crudezas
a refrescar la sangre enardecida
por el estío insoportable y triste...
¡Triste... lleno de pámpanos y espigas!

Frío y calor, otoño o primavera,
¿dónde..., dónde se encuentra la alegría?
Hermosas son las estaciones todas
para el mortal que en sí guarda la dicha;
mas para el alma desolada y huérfana
no hay estación risueña ni propicia.


7

Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitar el polo.


8

-Detente un punto, pensamiento inquieto;
la victoria te espera,
el amor y la gloria te sonríen.
¿Nada de esto te halaga ni encadena?
-Dejadme solo y olvidado y libre;
quiero errante vagar en las tinieblas;
mi ilusión más querida
sólo allí dulce y sin rubor me besa.


9

Moría el sol, y las marchitas hojas
de los robles, a impulso de la brisa,
en silenciosos y revueltos giros
sobre el fango caían:
ellas, que tan hermosas y tan puras
en el abril vinieron a la vida.

Ya era el otoño caprichoso y bello:
¡cuán bella y caprichosa es la alegría!
Pues en la tumba de las muertas hojas
vieron sólo esperanzas y sonrisas.

Extinguióse la luz: llegó la noche
como la muerte y el dolor, sombría;
estalló el trueno, el río desbordóse
arrastrando en sus aguas a las víctimas;
y murieron dichosas y contentas...
¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!


10

Del rumor cadencioso de la onda
y el viento que muge;
del incierto reflejo que alumbra
la selva o la nube;
del piar de alguna ave de paso;
del agreste ignorado perfume
que el céfiro roba
al valle o a la cumbre,
mundos hay donde encuentran asilo
las almas que al peso
del mundo sucumben.





MARGARITA

1

¡Silencio, los lebreles
de la jauría maldita!
No despertéis a la implacable fiera
que duerme silenciosa en su guarida.
¿No veis que de sus garras
penden gloria y honor, reposo y dicha?

Prosiguieron aullando los lebreles...
-Los malos pensamientos homicidas!-
y despertaron la temible fiera...
-¡la pasión que en el alma se adormía!-
Y ¡adiós! en un momento,
¡adiós gloria y honor, reposo y dicha!


2

Duerme el anciano padre, mientras ella
a la luz de la lámpara nocturna
contempla el noble y varonil semblante
que un pesado sueño abruma.

Bajo aquella triste frente
que los pesares anublan,
deben ir y venir torvas visiones,
negras hijas de la duda.

Ella tiembla..., vacila y se estremece...
¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?
Con expresión de lastima infinita,
no sé qué rezos murmura.

Plegaria acaso santa, acaso impía,
trémulo el labio a su pesar pronuncia,
mientras dentro del alma la conciencia
contra las pasiones lucha.

¡Batalla ruda y terrible
librada ante la víctima, que muda
duerme el sueño intranquilo de los tristes
a quien ha vuelto el rostro la fortuna!

Y él sigue en reposo, y ella,
que abandona la estancia, entre las brumas
de la noche se pierde, y torna al alba,
ajado el velo..., en su mirar la angustia.

Carne, tentación, demonio,
¡oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?
¡Silencio...! El día soñoliento asoma
por las lejanas alturas,
y el anciano despierto, ella risueña,
ambos su pena ocultan,
y fingen entregarse indiferentes
a las faenas de su vida oscura.


3

La culpada calló, mas habló el crimen...
Murió el anciano, y ella, la insensata,
siguió quemando incienso en su locura,
de la torpeza ante las negras aras,
hasta rodar en el profundo abismo,
fiel a su mal, de su dolor esclava.

¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo
hacer traición a su virtud sin mancha,
malgastar las riquezas de su espíritu,
vender su cuerpo, condenar su alma?

Es que en medio del vaso corrompido
donde su sed ardiente se apagaba,
de un amor inmortal los leves átomos,
sin mancharse, en la atmósfera flotaban.


Sedientas las arenas, en la playa
sienten del sol los besos abrasados,
y no lejos, las ondas, siempre frescas,
ruedan pausadamente murmurando.
Pobres arenas, de mi suerte imagen:
no sé lo que me pasa al contemplaros,
pues como yo sufrís, secas y mudas,
el suplicio sin término de Tántalo.

Pero ¿quién sabe...? Acaso luzca un día
en que, salvando misteriosos límites,
avance el mar y hasta vosotras llegue
a apagar vuestra sed inextinguible.

¡Y quién sabe también si tras de tantos
siglos de ansias y anhelos imposibles,
saciará al fin su sed el alma ardiente
donde beben su amor los serafines!



LOS TRISTES

1

De la torpe ignorancia que confunde
lo mezquino y lo inmenso;
de la dura injusticia del más alto,
de la saña mortal de los pequeños,
¡no es posible que huyáis! cuando os conocen
y os buscan, como busca el zorro hambriento
a la indefensa tórtola en los campos;
y al querer esconderos
de sus cobardes iras, ya en el monte,
en la ciudad o en el retiro estrecho,
¡ahí va!, exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan
y señalan con íntimo contento
cual la mano implacable y vengativa
señala al triste y fugitivo reo.


2

Cayó por fin en la espumosa y turbia
recia corriente, y descendió al abismo
para no subir más a la serena
y tersa superficie. En lo más íntimo
del noble corazón ya lastimado,
resonó el golpe doloroso y frío
que ahogando la esperanza
hace abatir los ánimos altivos,
y plegando las alas torvo y mudo,
en densa niebla se envolvió su espíritu.


3

Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
¿qué entendéis de sus ansias malogradas?
Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
¿qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
son como niebla que disipa el alba,
i qué sabéis del que lleva de los suyos
la eterna pesadumbre sobre el alma!


4

Cuando en la planta con afán cuidada
la fresca yema de un capullo asoma,
lentamente arrastrándose entre el césped,
le asalta el caracol y la devora.

Cuando de un alma atea,
en la profunda oscuridad medrosa
brilla un rayo de fe, viene la duda
y sobre él tiende su gigante sombra.


5

En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

Henchido está el ambiente de agradables aromas,
las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
mas él siente que rugen con sordo clamoreo
de sofocados gritos y de amenazas mudas.

¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
hasta las más recónditas profundidades llega;
mas sus hermosos rayos
jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
o ya del desengaño a la menguada sombra.

¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
los pájaros, las flores y los frutos que siembran!
Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo
esa quietud sombría que infunde la tristeza.


6

Cada vez huye más de los vivos,
cada vez habla más con los muertos
y es que cuando nos rinde el cansancio
propicio a la paz y al sueño,
el cuerpo tiende al reposo,
el alma tiende a lo eterno.


7

Así como el lobo desciende a poblado,
si acaso en la sierra se ve perseguido,
huyendo del hombre que acosa a los tristes,
buscó entre las fieras el triste un asilo.

El sol calentaba su lóbrega cueva,
piadosa velaba su sueño la luna
el árbol salvaje le daba sus frutos,
la fuente sus aguas de grata frescura.

Bien pronto los rayos del sol se nublaron.
la luna entre brumas veló su semblante,
secóse la fuente, y el árbol nególe,
al par que su sombra, sus frutos salvajes.

Dejando la sierra buscó en la llanura
de otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
y a un río profundo, de nombre ignorado,
pidióle aguas puras su labio sediento.

¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
la sed que atormenta y el hambre que mata;
¡ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
agrandan las sombras que en torno le cercan,
allá en lontananza la luz de la vida,
hiriendo sus ojos feliz centellea.

Dichosos mortales a quien la fortuna
fue siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!,
si veis tantos seres que corren buscando
las negras corrientes del hondo Leteo.



LOS ROBLES

1

Allá en tiempos que fueron, y el alma
han llenado de santos recuerdos,
de mi tierra en los campos hermosos,
la riqueza del pobre era el fuego,
que al brillar de la choza en el fondo,
calentaba los rígidos miembros
por el frío y el hambre ateridos
del niño y del viejo.

De la hoguera sentados en torno,
en sus brazos la madre arrullaba
al infante robusto;
daba vuelta, afanosa la andana
en sus dedos nudosos, al huso,
y al alegre fulgor de la llama,
ya la joven la harina cernía,
o ya desgranaba
con su mano callosa y pequeña,
del maíz las mazorcas doradas.

Y al amor del hogar calentándose
en invierno, la pobre familia
campesina, olvidaba la dura
condición de su suerte enemiga;
y el anciano y el niño, contentos
en su lecho de paja dormían,
como duerme el polluelo en su nido
cuando el ala materna le abriga.


2

Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto
en tierra cayeron
encinas y robles!;
y a los rayos del alba risueña,
¡qué calva aparece
la cima del monte!

Los que ayer fueron bosques y selvas
de agreste espesura,
donde envueltas en dulce misterio
al rayar el día
flotaban las brumas,
y brotaba la fuente serena
entre flores y musgos oculta,
hoy son áridas lomas que ostentan
deformes y negras
sus hondas cisuras.

Ya no entonan en ellas los pájaros
sus canciones de amor, ni se juntan
cuando mayo alborea en la fronda
que quedó de sus robles desnuda.
Sólo el viento al pasar trae el eco
del cuervo que grazna,
del lobo que aúlla.


3

Una mancha sombría y extensa
borda a trechos del monte la falda,
semejante a legión aguerrida
que acampase en la abrupta montaña
lanzando alaridos
de sorda amenaza.

Son pinares que al suelo, desnudo
de su antiguo ropaje, le prestan
con el suyo el adorno salvaje
que resiste del tiempo a la afrenta
y corona de eterna verdura
las ásperas breñas

Árbol duro y altivo, que gustas
de escuchar el rumor del Océano
y gemir con la brisa marina
de la playa en el blanco desierto,
¡yo te amo!, y mi vista reposa
con placer en los tibios reflejos
que tu copa gallarda iluminan
cuando audaz se destaca en el cielo,
despidiendo la luz que agoniza,
saludando la estrella del véspero.

Pero tú, sacra encina del celta,
y tú, roble de ramas añosas,
sois más bellos con vuestro follaje
que si mayo las cumbres festona
salpicadas de fresco rocío
donde quiebra sus rayos la aurora,
y convierte los sotos profundos
en mansión de gloria.

Más tarde, en otoño
cuando caen marchitas tus hojas,
¡oh roble!, y con ellas
generoso los musgos alfombras,
¡qué hermoso está el campo;
la selva, qué hermosa!

Al recuerdo de aquellos rumores
que al morir el día
se levantan del bosque en la hondura
cuando pasa gimiendo la brisa
y remueve con húmedo soplo
tus hojas marchitas
mientras corre engrosado el arroyo
en su cauce de frescas orillas,

estremécese el alma pensando
dónde duermen las glorias queridas
de este pueblo sufrido, que espera
silencioso en su lecho de espinas
que suene su hora
y llegue aquel día
en que venza con mano segura,
del mal que le oprime,
la fuerza homicida.


4

Torna, roble, árbol patrio, a dar sombra
cariñosa a la escueta montaña
donde un tiempo la gaita guerrera105
alentó de los nuestros las almas
y compás hizo al eco monótono
del canto materno,
del viento y del agua,
que en las noches del invierno al infante
en su cuna de mimbre arrullaban.

Que tan bello apareces, ¡oh roble!
de este suelo en las cumbres gallardas
y en las suaves graciosas pendientes
donde umbrosas se extienden tus ramas,
como en rostro de pálida virgen
cabellera ondulante y dorada,
que en lluvia de rizos
acaricia la frente de nácar.

¡Torna presto a poblar nuestros bosques;
y que tornen contigo las hadas
que algún tiempo a tu sombra tejieron
del héroe gallego
las frescas guirnaldas!

[...]


15

Alma que vas huyendo de ti misma,
¿qué buscas, insensata, en las demás?
Si secó en ti la fuente del consuelo,
secas todas las fuentes has de hallar.
¡Que hay en el cielo estrellas todavía,
y hay en la tierra flores perfumadas!
¡Sí...! Mas no son ya aquellas
que tú amaste y te amaron, desdichada.


16

Cuando recuerdo del ancho bosque
el mar dorado
de hojas marchitas que en el otoño
agita el viento con soplo blando,
tan honda angustia nubla mi alma,
turba mi pecho,
que me pregunto:
"¿Por qué tan terca,
tan fiel memoria me ha dado el cielo?"


17

Del antiguo camino a lo largo,
ya un pinar, ya una fuente aparece,
que brotando en la peña musgosa
con estrépito al valle desciende.
Y brillando del sol a los rayos
entre un mar de verdura se pierden,
dividiéndose en limpios arroyos
que dan vida a las flores silvestres
y en el Sar se confunden, el río
que cual niño que plácido duerme,
reflejando el azul de los cielos,
lento corre en la fronda a esconderse.

No lejos, en soto profundo de robles,
en donde el silencio sus alas extiende,
y da abrigo a los genios propicios,
a nuestras viviendas y asilos campestres,
siempre allí, cuando evoco mis sombras,
o las llamo, respóndenme y vienen.



18

Ya duermen en su tumba las pasiones
el sueño de la nada;
¿es, pues, locura del doliente espíritu,
o gusano que llevo en mis entrañas?
Yo sólo sé que es un placer que duele,
que es un dolor que atormentando halaga,
llama que de la vida se alimenta,
mas sin la cual la vida se apagara.


19

Creyó que era eterno tu reino en el alma,
y creyó tu esencia, esencia inmortal;
mas, si sólo eres nube que pasa,
ilusiones que vienen y van,
rumores del onda que rueda y que muere
y nace de nuevo y vuelve a rodar,
todo es sueño y mentira en la tierra,
¡no existes, verdad!


20

Ya siente que te extingues en su seno,
llama vital, que dabas
luz a su espíritu, a su cuerpo fuerzas,
juventud a su alma.

Ya tu calor no templará su sangre,
por el invierno helada,
ni harás latir su corazón, ya falto
de aliento y de esperanza.


Será cual astro que apagado y solo,
perdido va por la extensión del cielo,
mudo, ciego, insensible,
sin goces, ni tormentos.


21

No subas tan alto, pensamiento loco,
que el que más alto sube más hondo cae,
ni puede el alma gozar del cielo
mientras que vive envuelta en la carne.

Por eso las grandes dichas de la tierra
tienen siempre por término grandes catástrofes.